domingo, 20 de febrero de 2011

LA SIESTA DEL LAGARTO VERDE/ FREDDY BRETON


Prólogo
P. Mateo Andrés, sj.

He aquí un libro realmente nuevo, inesperado, extraño… Una auténtica joya literaria; o mejor quizá, mosaico o engarce de joyas finísimas.

Se trata de un florilegio inusitado de historietas, cuentos, fábulas, parábolas, ocurrencias, sugerencias, dichos, chispazos… literariamente preciosos, trabajados y retocados con cuidado de orfebre hasta a el más mínimo detalle; y todos ellos guardando en su interior, como en un estuche recamado, una lección moral apenas sugerida pero valiosísima. De los libros ábellos escritos en Dominicana, que yo haya leído en estos últimos años.

Apenas empezaba la lectura, el lector culto hallará en este libro- y eso lo digo como gran alabanza- unos como ecos o reminiscencias de Anthony de Melo. Pero esa impresión va a durar muy poco. A medida que avance en su lectura, empezará a notar diferencias. Mello tiene una habilidad asombrosa para recoger del acervo universal de la cultura humana cuentos bellísimos e iluminadores, que luego transcribe con una literatura o estilo únicos. Freddy es un observador innato; busca dentro de él mismo la fuente de su inspiración; y cuando sale, lo hace apenas al entorno de nuestra cultura dominicana.

En razón de esa diferencia, Freddy puede parecer menos exótico y quizá menos profundo; pero para un lector dominicano mucho más próximo, realmente uno de nosotros, dominicano como el más dominicano, sólo que dotado de ojos y sensibilidad nuevos y finísimos.

De mi experiencia en la lectura del libro puedo afirmar una cosa: apenas empiezo una historieta, ya no puedo dejarla por la mitad; me siento metido en ella, realmente cogido por el relato, y ya no puedo dejarla hasta conocer el desenlace. Porque, en su brevedad, y esto es una gran alabanza de nuestro autor, Freddy logra dar a sus relatos un verdadero suspense.

Tales son, a mi juicio, algunos de los valores literarios de esta obra preciosa. El Padre Freddy Bretón, profesor de Sagrada Escritura de nuestro Seminario Santo Tomás de Aquino, se muestra en ella un escritor consumado. Y puesto que éste es su primer libro en prosa - ha escrito ya varios en verso -, se nos presenta al mismo tiempo, por primera vez, como un verdadero y esperado escritor promesa.

Querido padre Freddy, ¿qué puedo desearle uno que fue su profesor y aprendió ya desde entonces a apreciarle?

¡Que cumpla esa promesa!
¡Que sigamos viendo nuevos libros suyos!

La vaca que empezó a amar a Beethoven

Vialáctea pasatba sosegandamente; alta, robusta y en extremo pacífica (tanto, que hasta había nacido sin cuernos). Yo la miraba aventar la nariz mientras su enorme lengua segaba la yerba. Distraída en la rutina de su oficio fue acercandose a mi casa: rozaba, al pasar, las florecitas rojas y amarillas; sus pezuñas, esquivaban las piedras, dormidas como ovejas en el prado: Se detuvo luego, y continuaba mordiendo la yerba verde. Sin levantar la cabeza alzó una oreja; desde mi balcón le llegaba el concierto para violín en re mayor, de Beethoven, que iba ya por el segundo movimiento. Alzó luego la cabeza, y un brillante hilito de baba quedó suspendido entre la boca y la grama: me llamó la atención el hecho de que, siendo más bien lento en el inicio del segundo movimiento (un larghetto), ella suspendiera todo para escucharlo-al parecer- atentamente. Mantuvo la cabeza en alto y las orejas en dirección hacia la música (ella nunca sabría que Beethoven tuvo que usar grandes cuernos para escuchar su música). Estuvo así unos instantes. Bajó después la cabeza y seguía mordisquienado; a veces giraba los ojos y dejaba de masticar, quedando algunas ramitas verdes pegadas alrededor de su boca.

Cuando el violín solista entró en la parte más tienra, levantó de nuevo las orejas; ahora le brillaban los enormes ojos.

Así estuvo embelesada, como siguiendo el violín en su diálogo con la orquesta, sobre todo cuando éste se volvía un hilillo tenue o un fino metal cimbreante, apoyado sólo en un leve pizzicato.

Entró luego el rondo del tecer movimiento. Cuando subía de tono el diálogo del violín con la orquesta, la vaca se mostraba intranquila y hasta escarbaba el suelo con sus pezuñas.

Algo escuchó de la cadenza final, pero con la irrupción del contrabajos y timbales se estremeció elanimal; la aasaltó quizá algún temor congénito, lejanas reminiscencias de ruedos de arena. Tal vez sintió el tropel de alguna manada de toros salvajes… Lo cierto es que, dando súbito estampido, se retiró de la escena justo cuando el director,-enfurecido- hundió certeramente el estoque en los lomos del toro para dar fin al concierto.La siesta del LAgarto