domingo, 16 de enero de 2011

LA FAMILIA DOMINICANA



Agustín Perozo Barinas

En estos tiempos presentes se realizan bacanales casi frente a las iglesias, ignorados éstos por las autoridades, y con ello se expone la conmovedora descomposición de nuestra sociedad, donde prosperan las industrias del alcohol y el tabaco, del azar, los vicios y contravalores. El hombre ya le teme más al hombre que a las bestias. “Pues la influencia de Dios permite al hombre preservar la humanidad; pero cuando la Gracia desaparece, la dignidad del hombre se desvanece con ella.” Albert Camus (1913-1960).

Un volante, lo mismo que un pistón o un pedal, son componentes totalmente inútiles separados de, y sin el correcto acoplamiento a su mecanismo. De la misma manera lo es un individuo formado en una familia disfuncional. Puede convertirse en un ciudadano díscolo, sin que encaje en parte alguna. La familia funcional, además de ser el rebaño cardinal de la sociedad y reproductora de sus miembros, es también la preceptora germinal de éstos.

Una sociedad puede caer en una trampa trágica de dos vertientes que se retroalimentan a sí mismas. Las familias disfuncionales procrean individuos con inutilidad social potencial, éstos alimentan el círculo estableciendo a su vez otras familias disfuncionales que procrean más individuos inutilizables en la sociedad y así, como una enfermedad, se va agravando el problema hasta dañar el cuerpo social y desintegrarlo si no se detiene el proceso. Una familia disfuncional es aquella que no garantiza debidamente las necesidades fundamentales de sus hijos, como son la alimentación, salud, vivienda, educación, valores, certidumbre, sana recreación, estabilidad familiar...

Es una máquina para crear desarraigados sociales en su forma más dramática y alarmante. El freno a esta tolvanera es un reto generacional. Revertir el daño causado a los individuos producto de familias disfuncionales es perfectamente posible, pero oneroso a la sociedad. Ésta debe reorientarse enfocándose en la formación de familias funcionales para romper el redondel que nos encierra en esta tribulación. Siendo la política la actividad de gobernar y organizar un país, sus poderhabientes, los políticos, deben ser referentes morales y administradores pulcros de los recursos que se destinan para el desarrollo humano y, necesariamente, rehabilitar la familia dominicana.

A los politiqueros demagogos, randas del erario, les conviene la existencia de familias disfuncionales que les proporcionen persistentemente una buena cuota de inadaptados que sean utilizables dentro del asistencialismo clientelar electorero tan arraigado en el sistema democrático dominicano para validar y perpetuar su permanencia en el manejo del Estado y sus recursos. Las acciones tienen consecuencias y las imprudencias se pagan. Las aberraciones sociales que nos asedian y patentizamos cada día en todo el territorio nacional tienen su origen en acciones voluntariamente irresponsables y en aquellas imprudencias que responden a la voracidad de poder y opulencia de políticos que nos han desgobernado por décadas.

La formación de familias funcionales requiere masivos recursos en educación. A mayor desarrollo intelectual de los miembros sociales, mayor es la proporción de individuos aptos para contribuir con un mejor desempeño en su entorno social, comprometidos con sus derechos y deberes. Los recursos deben apropiarse, especializarse y fluir, así como también debe capacitarse, supervisarse y actualizar a los ejecutores de éstos para que se aprovechen íntegra e intachablemente, con resultados cuantificables. No obstante, nada de esto será posible sin que un alto porcentaje de la sociedad conciente del problema decida que las cosas deben cambiar, no simplemente de caras en las instancias del poder público, sino de criterio administrativo, conductas y ejecutorias.

Tanto es irrealizable en la misma medida que así lo creamos, o se nos imponga esa actitud de descreimiento. En nuestro país hay estadísticas fidedignas en el sector corporativo sobre la población dominicana y su composición. Y con reformas sin posturas transigentes se pueden identificar las fuentes presupuestarias para un modelo de reivindicación familiar a favor del surgimiento de nuevas generaciones sin el lastre vigente. No es una propuesta para otras sociedades. Es para la nuestra, improrrogable e ineludiblemente.