viernes, 29 de abril de 2011

TIEMPOS DE TEMPESTAD




Agustín Perozo Barinas.


Esta mañana Aribáldes decide retozar con su guitarra de sinuosas líneas y superficie delicada al tacto que refleja tonos de luces circundantes. El día había empezado plomizo con una atmósfera húmeda y aires activos. Muchas irregularidades en el firmamento. Un sol reflejado en bordes de nubes amorfas y cambiantes en rápida sucesión. Ahora de grises, ahora de plata. Otras blancas desmenuzándose y moldeándose con otros perfiles, aquí y allá.


Reposa a su lado sobre el muro favorito un platito con frutas de sol, abundantes en nuestra tierra en esta temporada del año. Su silla de pino y guano, ya blanda y domada por su uso particular le proporciona la inclinación precisa para acomodarse y fundirse como escultura a su guitarra. Un rayo de luz se escabulle entre las nubes y se despeina entre sus cejas y pestañas, arruga la cara completa como una alfombra plegada y escoge la pieza de turno: en 4/4, “La tempestad”. Toda la pieza en un matiz allegro que va con su estado de ánimo. El tiempo fluye como las semicorcheas en este compás y mientras evoca con esta composición de Ferdinando Carulli las gotas de lluvia en su infantil comportamiento, ve llegar a Demófeles, con una expresión inquietante.

- Buenos días Ari. ¡Seduciendo de nuevo a tu orquesta en miniatura.!


- ¡Hola y buenos días Demo! Veo que recuerdas como el moro alemán describía a estas niñas. Tu cara me intriga. ¿Qué me comentas hoy?


- Estuve releyendo algunos artículos sobre la actual situación del país, sin retoques, y a final de cuentas me pregunto, entonces ¿qué hacer?...


- Para responder la misma pregunta un inagotable cantautor dominicano que conoces bien, muy versado en la realidad de nuestro pueblo llano, escogió aquella frase de “los pueblos tienen los gobernantes que merecen” y habría que agregarle que nuestros políticos habituales anteponen la premisa de “el fin justifica los medios” mientras se han embotellado psico-rígidamente “El Príncipe” y más recientemente “Las 47 leyes del poder”, los cuales aprecian sobre la Biblia misma. Y de paso acomodan a sus intereses, con elucidaciones superficiales, a pensadores como Nietzsche.


- ¿Y a qué lleva esto?


- A que la única forma de enderezar las cosas es cambiando la cabeza del cuerpo social por una que sirva. Mientras más cabezas desarticuladas, mesiánicas y corruptoras tengamos en el poder, el cuerpo social seguirá su curso de descomposición acelerada. Ya tenemos una generación joven perdida con valores cuestionables. Sin rumbo definido y vagas esperanzas.

- ¿Y, asumiendo que la cabeza adecuada se le injerte a este cuerpo social degenerado, no tendremos algo parecido a un Frankenstein?


- No necesariamente. Siempre reiteraré de Nietzsche –la sociedad que no excreta, se pudre-. Hay que trabajar con lo bueno que queda y doblegar con leyes justas, pero enérgicas, a todo lo que se resiste al bienestar común. Para simplificar esta madeja de cosas, podríamos educar con formación cívica, producir con valor agregado, retribuir con ecuanimidad y convivir bajo el imperio de la legalidad. Por lo menos...


- Entonces no hay que tirar la toalla como casi me convencen los insidiosos.


- No, mientras decidas vivir en tu tierra y no exportar a tus hijos en medio del desaliento...


- ¿Y la naturaleza? No la mencionaste.


- Casi todo está depredado y arrabalizado, al menos para el que ve, no para el que pretende recorrer nuestra amada Quisqueya con las anteojeras de los pencos cocheros para “no ver lo que ve”.


- ¿Y puedo proyectar en este escenario la trascendencia de la naturaleza a los obtusos propiciadores de esta depredación y contaminación?


- Te concederé ese deseo. Tápate ahora la nariz y la boca hasta donde resistas sin respirar... y toma el tiempo.


En este momento Aribáldes alcanza su platito de frutas de sol y goza de algunos trozos mientras Demófeles obedece, tal vez preguntándose a sí mismo por qué se expone a estos ensayos de su sibarita amigo que aunque chocante pero nunca anodino, le reencauza los pensamientos.

- ¡Buaj!, ¡sesenta y tres segundos!, exclama Demófeles aspirando una bocanada de aire fresco, si es que éste aún tiene algo de esa condición en estos tiempos.


- Mi buen amigo, ya al minuto justipreciaste el aire. Lo que das por sentado pues es abundante y gratis, sencillamente te faltó por un minuto y cambiarías todas las fortunas del mundo por una simple boqueada del mismo.


- Muy convincente... masculla Demófeles para sí.


- Somos tan necios que no valoramos esto, ni el agua cristalina. Hemos olvidado que también somos naturaleza a pesar de tantas superficialidades que nos vamos imponiendo. Ya es poco lo que baja por la garganta que sea enteramente natural.

- No te declaro loco por la originalidad de tus exposiciones que pueden justificarte como pretexto. Pero ingenuo al fin, cuando se me ocurre conversar con los demás sobre esto que me planteas me plagan con críticas...


- El desagravio para eso lo tienes en el prólogo de “La batalla de los libros” de Jonathan Swift. Simplemente sugiere la lectura del prólogo pues no leerán el libro.


Dando por concluida esta plática Aribáldes resume la ejecución de “La tempestad”, no sin antes pulsar en arpegio las notas del acorde Do mayor, devolviendo una seña de despedida a Demófeles que ya se marchaba y acto seguido, para mayor vibración a la escena, pulsa simultáneamente las cuerdas del mismo acorde.


- ¡Demófeles!


- Aún te escucho...

- ¡Cuando regreses te hablaré de árboles y algunas “agrolocuras”!.


- Muy bien. Lo prometido es deuda. Abur.


En la tarde, piensa Aribáldes, practicará “Canarios” de Gaspar Sanz. -Muy difícil la pieza, rezonga farfulladamente, ¡pero nunca imposible...!