martes, 15 de febrero de 2011

¿UNA POLITICA SALARIAL?



Agustín Perozo Barinas

El prójimo sin libertad ni derechos. La esclavitud en su definición más clásica la conocemos por miles de años. Aunque se considera que la esclavitud está abolida en casi todo el planeta, ésta tiene otra cara, otra modalidad moderna...

Partamos conque la canasta básica para una familia dominicana de cinco miembros es de aproximadamente 26,000 pesos mensuales al presente. Que casi el 70% de los trabajadores no devengan sobre los 10,000 pesos mensuales en nuestro país. Que apenas ambos padres laboran, por falta de disponibilidad de trabajo, pero en el mejor de los casos ambos trabajan y cubren el total de la canasta familiar. Hasta aquí tenemos una familia con un presupuesto “rasurado” pero suficiente.

Vamos a las familias de igual número que no llegan ni remotamente a cubrir el 60% de la canasta familiar, que son una abrumadora mayoría. Sus miembros que trabajan perciben ingresos netos bajo los 6,000 pesos mensuales, en su gran proporción, o por lo menos el mínimo establecido para cada categoría de empleadores. Estos trabajadores, sin hacer referencia al batido término de “explotación”, que laboran de 8 a 10 horas diarias, 5½ ó 6 días a la semana, salen macilentos de sus plazas de trabajo. Y el día y medio o tal vez dos días de asueto del fin de semana, no son de esparcimiento, sino de mortificación tratando de zanjar las privaciones que le impone la situación a sus familias.

En el caso de muchos, sus opciones se reducen a su “libertad y derecho” para acudir y refugiarse en el sano abrazo de las iglesias, el deporte, las artes o la cultura; y en otros tantos, buscar compensar con otras actividades informales, algunas no santas.

Se ha dicho que el dominicano no es entusiasta de trabajar en su tierra pero desde que emigra a Estados Unidos o a la Unión Europea, lo hace diligentemente. Esto tiene una respuesta simple: se le retribuye mejor. La falta de oportunidades dignamente remuneradas en nuestra sociedad ha impulsado, un ejemplo entre otros tantos, actividades informales como el motoconchismo. Un motoconchista, que no produce nada material excepto lo que cobra a sus usuarios compelidos a utilizar este medio de transporte, ofrece un servicio caro y riesgoso, y difícilmente completa los 400 pesos netos diarios en promedio, en un quehacer expuesto a considerable peligrosidad para sí mismo y el usuario, en dos vertientes: la delincuencia y el alocado tránsito criollo.

Y por otra parte, en el ámbito del empleo formal, es de actualidad proponer “aumentos” a la clase trabajadora, donde los empleadores no indexan los salarios anualmente en relación a la inflación acumulada durante el período. La inflación erosiona el poder adquisitivo de los ingresos de los trabajadores y, cuando ya es insostenible la poca capacidad de compra de éstos en función a su salario nominal, se le propone el “aumento”, el que también se le regatea para amañar la percepción del artificio. Indexar los salarios no es aumentarlos en términos prácticos. Quizás como metonimia lo es, pero no en lo radical.
Cuando el salario se indexa periódicamente a los trabajadores, que es un derecho por su energía aportada a la producción de bienes y servicios, simplemente mantiene el mismo poder de compra que el período anterior por la misma carga de trabajo. La indexación salarial no aumenta la capacidad de compra del trabajador. Simplemente la iguala al período precedente en función de la inflación acumulada. Por lo tanto, no es un aumento. Un aumento incrementa la capacidad de adquirir bienes y servicios en relación al ciclo previo. Si se indexa el salario simplemente, no hay aumento de esta capacidad.

La inflación, que es un negocio desde la perspectiva del señoreaje del que escribiremos en otra oportunidad, afecta directamente el ingreso de los trabajadores y su calidad de vida. La indexación salarial anual sería una conquista, como también una política de aumentos reales, objetivos y consensuados entre los trabajadores y empleadores. Siendo el salario un costo en la producción, su incremento conlleva también aumento en los precios, pero no necesariamente en la misma proporción. Un agregado en los salarios representa mayor consumo, que es mayor demanda. Es un elemento inflacionario pero también un motor al crecimiento productivo para suplir esa demanda ampliada.

Los estudios y experiencias de otros países están disponibles para promover una política salarial equilibrada que beneficie tanto al empleador como al trabajador, ambos creadores de riqueza. Pero desde el enfoque del ganar-ganar. Cuando una parte ambiciona ser asimétricamente más beneficiada que la otra y en detrimento de esta última, es allí donde se agrieta la avenencia y la equidad.