martes, 19 de octubre de 2010

SI SE CALLA EL CANTOR



Agustín Perozo Barinas.

“Fueren las malas acciones a pasar sin censura, las buenas perderían su recompensa; y el vicio, al ser puesto palmo a palmo con la virtud en esta vida, se toparía con la aprobación general”. Samuel Richardson (1689-1761).

Como ya no hay acontecimiento escandaloso que asombre a nuestra sociedad, no sorprende el marcado interés de los tres partidos tradicionales –la Tripleta- de coartar la denuncia individual ciudadana, o sea, la del ciudadano o ciudadana común, muchos de éstos auténticos representantes de la vergüenza, que sienten que su nivel de tolerancia ya se desbordó y ansían denunciar tanta ignominia en el manejo de los recursos del Estado. Hay hechos tan evidentes, como los que encarnan determinados funcionarios que llegan al tren administrativo estatal sin patrimonios de consideración, si los tuvieron, y en cuestión de cuatro años, a veces menos, ya poseen riquezas a todas luces excesivas para ser desarrolladas honestamente en ese lapso. Como el ciudadano(a) sabe que ese saqueo se deriva del erario público es lógico que concluya que los pasivos que el pillaje genera se saldarán con impuestos aplicados a la sociedad en general. En resumen, los pagarán los tributarios. Y si se aventura a denunciar le dedicarán epítetos como: envidioso, perturbado, resentido, egoísta o tal vez ególatra, amargado, quejoso, entre otras lindezas. Y esa actitud nos llega de la misma Tripleta que proclama “humildad” sin reconocer sus errores, que pregona “honestidad” sin contener ni sancionar los robos al Estado, que discursa sobre la “solidaridad” mientras gasta y se endeuda festinada e irresponsablemente. La misma Tripleta que alardea de logros en la educación, seguridad pública, agropecuaria, vivienda, salud, transporte, producción, empleo digno, hacienda y administración públicas, migración haitiana, exportaciones, energía, servicios básicos, institucionalidad... No es un solo partido, sino la alianza de tres durante 49 años, con jugadas camaleónicas. El mismo pollo prestidigitador con tres vistosos y coloridos plumajes.

Entonces, si usted denuncia, sencillamente envidia, divaga y se mancilla. Además, la Tripleta cuenta con otro mayúsculo subterfugio. Si el ciudadano denuncia con legitimidad donde hay un evidente timo contra el patrimonio público, se le invita a que pruebe la misma ante los tribunales. Primero, el ciudadano no cuenta con las herramientas para lograrlo y segundo, es el Estado que tiene las instituciones e instrumentos jurídicos y administrativos para supervisar, fiscalizar y auditar a los funcionarios públicos y penarlos si hubiesen incurrido en delitos. Y a todo funcionario, no solo a chivos expiatorios para alimentar el esquema de “pan y circo”, que culmina en la impunidad de los ingentes desfalcadores. El voto conciente y responsable se ejerce para que las gestiones de los partidos sean pulcras, eficientes, transparentes, equilibradas y sujetas a todo escrutinio público. Cuando no es así, ¿por qué no denunciarlos activa y vehementemente? Y que el acto de “denunciar” se mute en “concienciar”. En desplumar el pollo tricolor hasta desnudar y evidenciar sus ciertas características degradantes.

La denuncia responsable, no es solo ineludible y plausible, sino saludable para un sistema democrático. Así como lo es la contradenuncia. Lo reprochable es cuando esta última se alimenta de los recursos públicos para imponerse o es fomentada y costeada por oscuros intereses antinacionales o corruptelas muy criollas. William O. Douglas (1898-1980) nos ilustra suficientemente en -Pautas para rebelión-: “La lucha es entre el individuo y su derecho sagrado de expresarse y las estructuras de poder que buscan imponer conformismo, supresión y obediencia. Está bajo la premisa de los gobiernos democráticos la teoría de que: si la mente del ciudadano debe ser libre, sus ideas, sus creencias, su ideología y su filosofía deben estar lejos del alcance del gobierno, y la aceptación por éste de opiniones disidentes es una medida de madurez de la nación.” Y como una de las escasas vías que tiene el dominicano(a) para denunciar es la prensa comprometida, ya que el cuerpo de instituciones del Estado creadas para darle seguimiento a las denuncias es una entelequia, también se justifica el siguiente párrafo de –Decisiones-, del mismo citado autor: “La función de la prensa es explorar e investigar los eventos. Informar a la gente de lo que está sucediendo, y exponer las influencias perniciosas así como las positivas que se desarrollan. No hay más alta función llevada a cabo bajo un régimen constitucional. Un periodista no es mejor que su fuente de información. A menos que él posea y preserve el privilegio de resguardar la identidad de su fuente, será la víctima de la intriga y agresión gubernamental, sus fuentes se disiparán y la exposición pretendida, así como el esfuerzo de ilustrar al público, cesará. La intrusión del gobierno en este dominio es sintomático de enfermedad en la sociedad. Con el paso de los años, el poder del gobierno llega a ser más y más penetrante. Es despotismo que sofoca tanto a la gente como a sus causas y, aquellos en el poder, cualquiera su política, querrán solamente perpetuarse. Cuando las barreras de la ley y de la tradición se han derribado, la víctima es la sociedad. La libertad de expresión prevendría esa tragedia.”