viernes, 1 de octubre de 2010

GENESIS


Agustín Perozo Barinas

Dedicado a mi madre Blanca Kais Barinas.

En la oscura oquedad donde yo empecé la vida de mi madre me hizo un hombre a través de todos los meses para nacer su belleza sostuvo mi térreo ser; no puedo ver, ni respirar, ni mover sino con el desgaste de algo de mi madre. “La madre” John Masefield (1878-1967)

Madre. La palabra que mayores impresiones nos estampa. ¿Qué pasaje de nuestra vida no la lleva grabada? Es tal la tierra donde un labrador hincó la simiente diminuta, la empeñada en ser más que monda materia y transmutarse de raíz estática a inquieta agitación motora, ya como franca hacedora de huellas. Allí emprende la historia...

Entre pasos y caídas vamos creciendo y la resuelta mujer vela por sus hijos. Un paso, una caída... y le preocupa la proporción. Quiere más de uno por menos de la otra. Y esto, con una dedicación que le apurará toda su savia por sus retoños. Delineará el mejor horizonte existencial para ellos y éste será su inmarcesible desvelo para que se apegue a la realidad. Cada madre, una ilusión. Pero no se aquieta con la figuración. Quien inicia vida, la custodia y asiste celosamente. Consume su vida por esta nueva que le germinó en las entrañas. Es su familia primordial que se traduce en la célula social que conformará, junto a muchas otras más, la sociedad. Es la mujer, la madre, el arco al que Tagore hacía referencia. Una colectividad que no la valora y ni la protege, es una comunidad coja. Una madre plena en sus atributos personifica una célula social sana, pieza cardinal para una buena sociedad. La mejor recompensa, si es que algo tuviese la dimensión de la entrega del que este ser es capaz y merecedora en retorno, para retribuir en parte sus sacrificios, serían muchos más recursos para su desarrollo personal, técnico, intelectual y profesional, además de una edad provecta asegurada dignamente en términos de alimentación, salud, vivienda y esparcimiento. Que cada uno de los miembros de la sociedad nos sintamos orgullosos de que en nuestro medio ninguna madre padezca de alguna privación que nuestra sociedad no pueda garantizarle satisfecha y más que merecido. Rebecca West, nacida Cicily Isabel Fairfield (1892-1983) escribió en 1960: “La maternidad ni es un deber ni un privilegio, sino simplemente la manera que la humanidad puede satisfacer el deseo de inmortalidad física y triunfar sobre el temor a la muerte”.

Casi imposible imaginar este ser luego del alumbramiento; entre la satisfacción y la incertidumbre, la fruición y la aprensión. “Dio a luz. Alumbró...” Esto es, “sacó de las tinieblas”. Un ser capaz de este prodigioso acto es superior. Y cada sociedad que valore justamente a la mujer es una sociedad admirable, generosa y desarrollada. Sin embargo, ¿qué es lo que más inquieta a las madres? Las carencias y dolencias de sus hijos. Una sociedad inicua, insegura, sin oportunidades de desarrollo digno de sus miembros, es quizás la peor angustia y tormento de las madres. Y somos los hombres quienes mayoritariamente diseñamos y ejecutamos la sociedad que tenemos hoy. Ni hemos reconocido ni correspondido a las madres con altura y responsabilidad. Vemos tantas madres agotadas, impotentes, entristecidas, desarticuladas de preparación y embotadas. La insensibilidad ante lo más venerable en la existencia misma, que es la iniciadora de vida, es aborrecible. Una sociedad que encumbra a sus mujeres y madres, se enaltece y ennoblece a sí misma. Y se envilecen aquellas que no. Alice Walker (1944- ) escribió en su libro -En la búsqueda de los jardines de nuestras madres-: “A la mujer se nos ha llamado en el folklore que tan adecuadamente identifica nuestra condición en la sociedad, “la mula del mundo”, porque se nos han dado los agobios que todos rehúsan cargar. Cuando hemos exigido comprensión, nuestro carácter ha sido distorsionado; cuando hemos pedido simple atención, nos han dado vacías apelaciones inspiracionales, y entonces confinadas en la más remota esquina. Cuando pedimos ternura, nos han dado hijos. En síntesis, inclusive nuestras más básicas ofrendas, nuestros compromisos de fidelidad y devoción, han sido hundidos en nuestras gargantas. Ser madre y artista, incluso hoy, rebaja nuestra condición en muchos aspectos, en vez de elevarla: y a pesar, madres y artistas seremos.” En nuestra Quisqueya esta realidad no es exclusiva de las madres artistas, sino de la mayoría de las madres, sin importar su oficio.

Madre es poder, pues da vida. Y en esa orientación está la fortaleza e inspiración para motivarse a cambiar este estado de cosas, que no germinan del amor. En estos tiempos tan orientados al desenfreno consumista y hedonista se ha pretendido degradar la palabra “amor” a un simple simbolismo referente a emotivas cursilerías y pasiones frágiles y pasajeras. Pues no. Es la palabra predilecta del Maestro y el sentimiento primigenio de la condición materna. El amor edifica y sus opuestos destruyen. Ése es el hecho; y el postulado. Entonces habría que promover y comprometerse a construir, compartidamente con ellas, una mejor sociedad también a favor de nuestras mujeres y madres dominicanas, sin las desgastadas propuestas recicladas, fórmulas demagógicas, estadísticas mágicas y enunciados retóricos. Una sociedad inspirada en, por y para las madres, génesis de vida. Contra antivalores como el odio, la violencia, la soberbia, la mentira, el afán de lucro, el robo y el desamor, no vendría mal enfrentarlos con la firmeza, fuerza y valor que irradia esa virtud. Y cómo no citar a Elizabeth Cady Stanton (1815-1902): “El problema no es la feminidad, sino los trabas artificiales de la costumbre bajo falsas condiciones. Somos, como género, infinitamente superior a los hombres, y si fuésemos libres y desarrolladas, saludables en cuerpo y mente, como deberíamos ser bajo condiciones naturales, nuestra maternidad sería nuestra gloria. Esa función les da a las mujeres tanta sabiduría y poder como ningún hombre alguna vez pueda poseer.”