miércoles, 15 de septiembre de 2010

LEVIATAN



Agustín Perozo Barinas


“A este conflicto del hombre contra el hombre, esto también es consecuente; que nada puede ser injusto. Las nociones del bien y el mal, justicia e injusticia, aquí no tienen lugar. Donde no hay poder común, no hay ley, donde no hay ley, no hay injusticia. La imposición, y el fraude, son en este conflicto las virtudes cardinales.” Thomas Hobbes (1588-1679).


Un 40% de la población dominicana con derecho al voto, vota. Y vota por una estructura partidocrática tripartita que se reinventa y recicla constantemente. El camuflaje del camaleón en su hábitat encarnaría la combinación colorida de estos partidos redundantes y sus satélites. Con esta mayoría mecánica, la clase política dominante –la Tripleta- legitima todo lo absurdo, desmedido e inicuo. Funcionarios y legisladores con ingresos consolidados que no se proporcionan a las posibilidades del país y mucho menos a las labores y responsabilidades que desempeñan que los justifiquen. Jubilaciones aberrantes, pensiones onerosísimas e irritantes, comisiones desproporcionadas, bonificaciones desatinadas y tantas más sustracciones disfrazadas de legalidad. “Pues el pueblo votó por eso”... Y la permanencia de esta estructura que garantice la impunidad y escamoteo, indelebles éstas ante la historia, se sustenta en esa proporción del 40% del universo apto para votar y “que representa la voluntad del pueblo en su totalidad” pues “quien calla otorga” y el abstencionista asimismo legitima lo imperante, según la lógica de la Tripleta.


Con este patético cuadro tenemos el Estado, cuyo origen se basa sobre el principio fundamental que el hombre tiene el derecho natural de hacer lo que le plazca. La urgencia más primitiva de los hombres es la de la auto preservación. Para concretar este objetivo, el hombre puede utilizar cualesquier medios que él considere necesarios. En este estado el hombre natural puede invadir los derechos de los demás con el resultado que la anarquía reina. El hombre es, entonces, fundamentalmente un animal feroz, que se empeña en el brete y el pillaje, buscando siempre su propia ganancia. Pero, en tal Estado ningún hombre es lo suficientemente fuerte para preservarse a sí mismo por largo tiempo. Cada hombre destruirá a los otros y en retorno él será destruido por los demás. Así que, para escapar de este inevitable fin, el hombre crea una sociedad en la cual él voluntariamente cede sus derechos en muchos asuntos. Este es un contrato que los hombres hacen entre sí y por el cual ellos ceden ciertos derechos para obtener otros que ellos desean. Para asegurar este contrato mutuo, los hombres transfieren poder a un gobernante o asamblea gobernativa. Después que el gobernante haya sido establecido y entregado el poder, los hombres deben obedecer. (S. E. Frost, Jr.). Sin embargo, Charles de Secondat, Baron de la Bréde et de Montesquieu (1669-1755) escribió en -El espíritu de las leyes-: “Tan pronto el hombre entra en un estado social pierde el sentido de su debilidad; cesa la igualdad, y entonces comienza el estado de beligerancia”.


Cuando el Estado es secuestrado para usufructo de una clase política gobernante, ésta a servicio de una oligarquía soberbia e imperiosa, ya el individuo envestido como ciudadano ve sus derechos coartados y cercado con mayores deberes tributarios y precariedad de servicios y oportunidades. Así, el Estado llega a ser como el Leviatán bíblico, donde ciertamente hacer política allí no es para los puros. Ni la lógica ni la razón convencen a un electorado alienado, embotado y manipulado. Este engendro leviatánico se regenera a sí mismo con vital puntualidad cuando su existencia peligra. Sus tentáculos abarcan y someten a los que lo sostienen con ciertos elementos que resultan muy efectivos en el corazón de los hombres: la avaricia, la codicia y la vanidad. Ninguna de éstas se desliga del oro, dinero, peculio... y son de naturaleza insaciable. Son vicios parasitarios que drenan los recursos de toda nación (humanos, urbanos, hídricos, costeros, forestales, económicos, ambientales, etc.) hasta hacerla inviable e irrecuperable, al menos por generaciones. El propio juicio de muchos ciudadanos ajenos al pillaje se nubla. Leviatán es antiguamente ingenioso y falaz. Si es denunciado sentenciosamente, éste lo niega, como el adúltero, y luego expone sistemáticamente la falta, hiperbolizándola hasta generar apatía y hastío en la sociedad afectada. De esta manera, robar, corromper, asesinar, pervertir y todo lo execrable, ya son temas soporíferos en mentes tan martilladas, día a día, que no confrontan el origen de sus males. Es un dominio corruptor de almas. Napoleón Bonaparte escribió: “Hay dos palancas para mover los hombres,- el interés y el miedo.” Como un señorío de autómatas que se creen libres y siempre sustentados por una ilusión de un mejor porvenir, que nunca llega. Sólo para los apoderados de Leviatán hay provecho material; y éste es a cambio de la sensibilidad social. A éstos hay que dedicarles lo que escribió Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592): “En el más exaltado trono del mundo, todavía estaremos sentados en nuestros traseros”.


La sociedad dominicana será estirada aún más hasta que el degolladero se quiebre. Al presente vive como se le impone, con dignidad negociada, en permuta del despeñadero que está más adelante: el cumplimiento de las obligaciones financieras del país. Mientras la ubre otorgue, Leviatán y su Tripleta perseverarán entre tanto se les permita; incluso con coacciones y chantajes contra los cuestionamientos legítimos a su existencia en nuestra democracia figurada. Y continuarán este endeudamiento acelerado para financiar su permanencia. Un liderazgo sensato, comprometido, ecuánime, digno, ilustrado, firme, competente y actualizado puede reencauzar la nación, a sus genuinos intereses y desagraviar sus necesidades. Un liderazgo apremiante para todos los ciudadanos constituidos indistintamente a su categoría social y género en República Dominicana.