viernes, 6 de agosto de 2010

ASI GANAMOS TODOS



Agustín Perozo Barinas

-Nadie tiene derecho a lo superfluo, mientras alguien carezca de lo estricto.-

En el presente sería técnicamente posible eliminar la pobreza por completo, si los hombres desearan más su felicidad que la miseria de sus enemigos. Bertrand Russell (1872-1970).

La clase política dominicana, compuesta por intelectuales, ideólogos, comerciantes, industriales, militaresâ, escritores, banqueros, académicos, maestros, profesionales, constructores, catedráticos, artistas, politólogos, etc., y en la base de la pirámide la masa que ha ejercido el voto, ha tenido 50 años desde la muerte de Trujillo para vertebrar una mejor sociedad que la heredada a partir del 30 de mayo de 1961. Como a Trujillo, tirano y déspota, se le reconocen crímenes, dolos y despojos de toda índole y crueldad, y es el tema del que más se escribe y documenta en República Dominicana por cinco décadas, sin contar los propios 31 años de régimen unipersonal, vamos a flor de agua a estos cincuenta años de realidades dominicanas, y sus resultados al presente, desde la fecha de su ajusticiamiento.

Si analizamos el título de este artículo, cita de Salvador Díaz Mirón, podemos inferir que la esencia de ésta refleja lo que no se ha logrado en la sociedad dominicana. Resultado compartido en diversa proporción, de los mayores desfalcos al Estado, horrendos asesinatos políticos y de jóvenes inocentes preñados de inquietudes, de imposición del analfabetismo funcional y del oscurantismo en las mentes del vulgo, y muchos más infortunios, por nuestra clase política durante estos últimos cincuenta años. La cita puede parecer radical y no lo es. Pretender igualdad entre desiguales, es desigualdad. Si usted tiene más talento que yo en cualquier área del desempeño humano y lo aplica y acciona, con trabajo, disciplina, perseverancia, equilibrio en el gasto y habilidad en la inversión productiva y rentable; si posee mayor destreza en identificar las oportunidades y capitalizarlas a su favor; si sus dones, capacidad de esfuerzo y visión son superiores a los míos, no hay argumento válido que yo sostenga para igualarme a sus condiciones y facultades. Entonces, de acuerdo al principio que dicta: cada quien de acuerdo a sus necesidades y sus capacidades. No obstante, su potencialidad para crear excedentes de bienes y liquidez en un sistema económico abierto debe ajustarse a toda ley de equilibrio. Como definitivamente nadie puede ejercer plenamente sus capacidades en un ambiente desolado, sin otros humanos, es claramente lógico que éstos también prosperen en la satisfacción de sus necesidades como instrumentos que son para la consecución de los objetivos -frutos de los talentos y aptitudes superiores- de usted. Todo lo que falta al equilibrio genera inestabilidad fluctuante. Esta inestabilidad en las esferas sociales es el resentimiento que puede agravarse según el nivel de insatisfacciones acumuladas hasta mutarse en una descarga demandante de reivindicaciones

Propondría que cada quien defina anticipadamente su posición entre lo bueno y lo malo si deseamos evaluar un nuevo modelo económico, más justo, equitativo y sostenible, para República Dominicana. Y sin melindres a nuevas ideas. Lo bueno implica y resulta en bienestar colectivo y lo malo en miseria general. Nadie debe aspirar a su felicidad a expensas de la de los demás. Cada afanoso exitoso debe ponderar si su superación conlleva la desgracia ajena o coadyuva al interés social. Asumamos que nuestro modelo se basa en el bien, pues su opuesto tiene únicas consecuencias que son las que tenemos evidentes en nuestra sociedad actual. Qué entonces nos ha consumido tantos recursos, tiempo y trabajo, para llegar a este presente con cargas y deudas sociales de gran magnitud? La corrupción y una deficiente educación de nuestro pueblo, son de fundamental importancia causal. Es un círculo vicioso donde el corrupto se nutre de una sociedad incapaz de frenarlo y a su favor una población instrumentada para la apatía ante ese flagelo. La corrupción es un engendro de mil cabezas que consume la dignidad y existencia misma de los pueblos. Va desde la sutil posición de funcionarios sobre remunerados en todas las instancias del poder público hasta los negocios de todo tipo donde el Estado casi siempre es el perjudicado, y por lo tanto, la sociedad misma. Un sistema que habitualmente no premia los méritos, capacidades y resultados sino la mediocridad hija del compadreo y la politiquería. La rapacería institucionalizada. Cada cien años cambia la humanidad completa salvo algunos seres humanos que sobrepasan el siglo de existencia. Ya esta clase política agotó cincuenta de los cien años que culminarían en el 2061, cuando prácticamente toda la gente nacida en República Dominicana y allende los mares, próximo al 30 de mayo de 1961 o antes, ya no existirá. Y esta misma clase política busca imponer la misma receta en los subsiguientes cincuenta años, con caras y nombres que turnan y que responden a la misma cantinela. No puede haber modelo económico que reduzca la pobreza, que se reproduce a sí misma, si no se castiga y anula la corrupción y si no se educa la población más allá de la pura y simple alfabetización. La primera se aplasta con la institucionalidad sólida donde impere la Ley y la segunda con masivas inversiones permanentes y por generaciones en una educación integral, empezando desde ya.

Se promueven temas como la robótica, el genoma humano y la energía. Que el país está mejor en esta década sobre la precedente y así sucesivamente. Cierto, tenemos una economía mayor que ha crecido considerablemente, pero también la cantidad de desheredados. Asimismo la deuda externa e interna a niveles asombrosos para un país como el nuestro. Si insistimos en creernos las mentiras presentadas con estadísticas manipuladas y conferenciar permanentemente sobre tópicos improcedentes relegando nuestra realidad presente, muy probable que continuemos consumiendo alta tecnología en telecomunicaciones con los calderos boca abajo y un intelecto y entendimiento truncos. La institucionalización seria se logra desde el poder. Y éste se alcanza por la razón (vías políticas) o la fuerza. Y es preferible el poder legítimo que emana de elecciones libres, sin tremendismos clientelares, tan arraigados en nuestros torneos electorales. Esa institucionalización comprometida con los intereses nacionales y la Ley es la fuente de todo ajuste a tantas pifias como lo es, por ejemplo, un Congreso Nacional en un Estado de un país subdesarrollado, República Dominicana, que paga a sus flamantes congresistas remuneraciones que exceden la realidad económica del país y va contra el concepto mismo de que al Estado se va a servir, no a servirse. Progreso? Tácito dijo sobre los romanos en Cartago: “Han hecho un desierto, y lo llaman paz”. Yo diría que los legisladores dominicanos en los últimos cincuenta años, con algunas dignas excepciones, “cooperan para hacer un desierto, y lo llaman progreso”. Legislan? Más leyes que no se aplican, y otras más que responden tácitamente a intereses particulares? Representan? A seis millones de pobres infortunados dominicanos mientras cada legislador lucra retribuciones y estipendios lujosos? Fiscalizan? Para ellos siempre el total es menor que la suma de sus partes, en oposición al concepto de sinergia. El Congreso Nacional no debe, ni ninguna institución del Estado, ser vía de ascenso social para incapaces personeros de la mediocridad.

No hay modelo económico correcto, adecuado a la realidad vigente dominicana que no lo asista una nueva clase política. Y un nuevo modo de repensar. Hay teorías que proponen como axioma que para poseer un elemento en un sistema cerrado hay que privar de éste a alguien –suma cero-. Esto sólo se confirma si no se suman nuevos elementos a ese sistema: o sea, producir. Y hay que distribuir justa y equilibradamente lo derivado. Así ganamos todos.