lunes, 25 de enero de 2010

Catástrofes antinaturales

"Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y, él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué?. Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de una tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón, tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene. Y por casualidad, por pura casualidad, se puso a hojear una revista. Era una revista literaria pero que tenía una sección de filosofía. Una revista de vanguardia quizá, de eso Pereira no está seguro, pero que contaba con muchos colaboradores católicos.Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer, en la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, eso no volvería a renacer, y además ¿para qué?, se preguntaba Pereira. Todo aquel sebo que le acompañaba cotidianamente, el sudor, el jadeo al subir las escaleras, ¿para que iban a renacer?. No, no quería nada de aquello en la otra vida, para toda la eternidad, Pereira, y no quería creer en la resurrección de la carne. Así que se puso a hojear aquella revista, con indolencia, porque se estaba aburriendo, sostiene, y encontró un artículo que decía: " La siguiente reflexión acerca de la muerte procede de una tesina leída el mes pasado en la Universidad de Lisboa. Su autor Francesco Monteiro Rossi, que se ha licenciado en filosofía con las más altas calificaciones; se trata únicamente de un fragmento de su ensayo, aunque quizá colabore nuevamente con nosotros."

Sostiene Pereira que al principio se puso a leer distraídamente el artículo, que no tenía título, después maquinalmente, volvió hacia atrás y copió un trozo. ¿Por qué lo hizo? Eso Pereira no está en condiciones de decirlo. Tal vez porque aquella revista de vanguardia católica le contrariaba, tal vez porque aquel día se sentía harto de vanguardias y de catolicismo, aunque él fuera profundamente católico, o tal vez porque en aquel momento, en aquel verano refulgente sobre Lisboa, con toda aquella mole que soportaba encima, detestaba la idea de la resurrección de la carne, pero el caso es que se puso a copia el artículo, quizá para poder tirar la revista a la papelera.
Sostiene que no lo copió todo, copió sólo algunas líneas, que son las siguientes y que puede aportar a la documentación: "La relación que caracteriza de una manera más profunda y general el sentido de nuestro ser es la que una la vida con la muerte, porque la limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la comprensión y valoración de la vida "Después cogió una guía telefónica y dijo para sí: Rossi, que nombre más extraño. "

De "Sostiene Pereira". Por Antonio Tabucchi.



Lo que sigue ya muchos lo conocereis. Es la historia de un hombre, de un periodista, de un compromiso, el de Pereira con Montero Rossi, pero sobre todo el de Pereira consigo mismo, al irse reconociendo a través del jóven. Es una sencilla y magnífica historia que Tabucchi escribió en los noventa y yo conocí cuando se publicó en España en 1995. Días atrás he vuelto a releerla con el mismo placer que cuando fué noticia y, durante este período de recogimiento en el que me sumió el terremoto natural y espiritual de Haití, el candor,la bondad, la honestidad, la modestia y el profundo realismo de sus páginas ha seguido acompañando mis pensamientos sin saber muy bien por qué. Ahora, hoy, todavía en las trincheras del sentimiento, sé que tengo que hablaros de Pereira, lo sé freudianamente, para poder despedirme de él y seguir yo sola su estela.


Hace días que cualquier desarrollo ético, de pretensiones místicas, estéticas o metafísicas, o evacuaciones sentimentales que es más lo mío, por humildes que sean las pretensiones de éste blog, me parecen hueras "De lo que no se puede hablar, más vale callar", Wittgenstein dixit, eso es lo que siento: el mandato de permanecer callada ante tanta frivolidad. Y en su lugar, en el espacio desierto y desolado que antes ocupaban otras motivaciones inconscientes, este obstinado pensar en Pereira, como si quisiese que no se fuera de mi vida, que me dejara ir con él a la redacción, a preparar su revista cultural, quiero hacer las necrológicas que Monteiro Rossi no le manda, acompañarlo mientras se toma su omelette a las finas hierbas y la limonada, charlar tranquilamente con él, con el retrato de su mujer difunta y el Dr. Cardoso y el Padre Antonio: "Sostiene Pereira que el padre António se levantó y se puso delante de él, con una expresión que le pareció amenazadora. Escúchame, Pereira, el momento es grave y cada uno debe decidir por sí mismo, yo soy hombre de Iglesia y tengo que obedecer a la jerarquía, pero tú eres libre de tomar tus propias decisiones, aunque seas católico. Pues entonces explíquemelo todo,imploró Pereira, no estoy al corriente. El padre Antonio se sonó la nariz, cruzó las manos sobre el pecho y preguntó: ¿Conoces el problema del clero vasco? No, no lo conozco, admitió Pereira. Todo empezó con el clero vasco, dijo el padre Antonio, tras el bombardeo de Guernica el clero vasco, que está considerado como la gente más cristiana de España, se puso al lado de la república. El padre Antonio se sonó la nariz como si estuviera conmovido y continuó: En la primavera del año pasado, dos ilustres escritores católicos franceses, François Mauriac y Jacques Maritain, publicaron un manifiesto en favor de los vascos. ¡Mauriac!, exclamó Pereira, ya decía yo que había que preparar una necrológica anticipada para Mauriac, es una persona espléndida, pero Monteiro Rossi no fue capaz de escribirla. ¿quién es Monteiro Rossi?, preguntó el padre António. Es el ayudante al que contraté, respondió Pereira, pero no logra hacerme una necrológica de aquellos escritores católicos que han tomado una buena postura política. Pero ¿por qué quieres dedicarle una necrológica?, preguntó el padre Antonio, pobre Mauriac, déjalo en paz, todavía lo necesitamos, ¿por qué quieres que muera? Oh, no es eso lo que yo quiero, dijo Pereira, espero que dure hasta los cien años pero imaginémonos que desparezca en cualquier momento, por lo menos en Portugal habría un periódico que le dedicaría un homenaje inmediato, y ese periódico sería el Lisboa, pero perdóneme, padre António, continue. Bien, el problema se complicó con el Vaticano, que declaró que miles de religiosos españoles habían sido asesinados por los republicanos, que los católicos vascos eran "cristianos rojos"y que debían ser excomulgados, y así lo hizo, y a todo esto se añadió Claudel,el famoso Paul Claudel, también un escritor católico, que escribió una oda "Aux martyrs Espagonols" como prólogo en verso a un mefítico opúsculo de propaganda de una agente nacionalista de París. Claudel, dijo Pereira, ¿Paul Claudel? El padre António se sonó nuevamente la nariz. El mismo dijo, ¿como lo definirías, Pereira?. Así de pronto, no sabría, respondió Pereira, él también es católico, ha tomado una postura diferente, ha hecho su elección. Pero ¿cómo que de pronto no sabrías, Pereira?, exclamó el padre António, ese Claudel es un hijo de puta, eso es lo que es, y siento mucho decir estas palabras en un lugar sagrado, preferiría decírtelas en la calle. ¿Y después?, preguntó Pereira. Despué, continuó el padre António, después las altas jerarquías del clero español, con el arzobispo de Toledo, el cardena Gomá, a la cabeza, tomaron la decisión de mandar una carta abierta a todos los obispos del mundo ¿comprendes Pereira?, a los obispos de todo el mundo, como si los obispos de todo el mundo fueran unos fascistas como ellos, y dicen que miles de cristianos en España han tomado las armas bajo su propia responsabilidad para salvar los principios de la religión. Sí, dijo Prereira, pero los mártires españoles, los religiosos asesinados... El padre António permaneció unos instantes en silencio y luego dijo; quizá sean mártires, pero de todas formas era gente que conspiraba contra la república y, mira, la república además era constitucional, había sido votada por el pueblo, Franco dio un golpe de Estado, es un bandido. ¿Y Bernanos? preguntó Pereira ¿que tiene que ver Bernanos en todo ésto?, él también es un escritor católico. Él es el único que conoce España de verdad, dijo el padre António, desde el treinta y cuatro hasta el año pasado estuvo en España, ha escrito sobre las masacres franquistas, el Vaticano no puede soportarlo porque es un verdadero testigo. Sabe, padre António, dijo Pereira, he pensado en publicar en la página cultural del Lisboa uno o dos capítulos del Journal d'un curé de campagne, ¿que le parece la idea?Me parece una idea magnífica, respondió el padre António, pero no sé si te lo dejarán publicar, Bernanos no es muy querido en este país, no ha escrito cosas muy agradables sobre el batallón Viriato, el contingente militar portugués que ha ido a España a combatir junto a Franco, y ahora tendrás que disculparme, Pereira, pero tengo que marcharme al hospital, mis enfermos me esperan. Pereira se levantó y se despidió. Hasta pronto, padre António, dijo, perdóneme si le he hecho perder todo este tiempo, la próxima vez vendré a confesarme. No tienes ninguna necesidad, replicó el padre António, primero procura cometer algún pecado y luego ven, no me hagas perder el tiempo inutilmente."

Y quisiera haber sabido escribir una historia así,tan sencillamente bella, inventar esta fórmula "sostiene Pereira", y sobre todo quisiera sostener algo algún día ante un tribunal que no sea el de mi conciencia, los 130.000 desaparecidos españoles se merecen también la condolencia y la reparación porque eso ha sido también una catástrofe, aunque ésta sea "antinatural". Esdedesear.